El otoño es una cortesía del invierno. Un felpudo de bienvenida que nos brindan los cordones cuentas donde las hojas se acumulan para, subversivamente, impedir el escurrimiento del agua. Asumo que el caer de las hojas es una protesta del verano, que patalea para no irse. Y digo que el otoño es una cortesía, porque nos va embelesando con su romanticismo y su lírica, sus colores, la danza de la hojarasca cuando el viento las arremolina y esas cursilerías. El otoño es, ingenuo lector, una distracción del invierno, una celada, un vil camuflaje. El invierno quiere asesinarnos con su cruel frío. Para ello se vale de la simpatía del otoño, para que divaguemos en su belleza y olvidemos la inminencia de una temporada gélida. Suele enviarnos algunos días de temperaturas gratas, hasta que de golpe y porrazo refresca y terminamos todos en cama o en ataúd. Por lo tanto, atolondrado pero fiel lector, le recomiendo tomar las siguientes previsiones antes de que se venga el fresquete: Leer nota completa


Eduardo de la Cruz:
Emilio Marín:
Mario Zonis:
Juan Pablo Ruiz: 




