Sección | Opinión

La telefonista

Por Mario Zonis

El progreso se mide en máquinas. A mayor número, más progreso. Usamos aspiradora en lugar de escoba, levantamos la cortina pulsando un botón. Se trata de sustituir los músculos por motores, dinamos o robots teledirigidos. Sólo falta inventar una máquina para pinchar aceitunas.

También el hablar por teléfono supone un desgaste, de ahí que las telefonistas han sido sustituidas por grabadoras. Telefonear a determinadas empresas, al 112, (a la Clínica Regional del Este para reservar un turno con el doctor Oliva, sin ir más lejos) supone una tremenda odisea. De no estar alertado, se corre el riesgo de hacer el ridículo contándole la vida y nuestro resfrío a una señorita de voz enlatada. Ella nunca sabe ni contesta. Solo se manifiesta para indicar que debe  marcarse el 1, el 2, el 3 y seguidamente pulsar asterisco.

Odio hablar con máquinas. Me invade una sensación de orfandad directamente proporcional al sentimiento  de desamparo que debe invadir a mis prójimos cuando realizan la misma operación en mi presencia.

Los primeros pasos suelen ser sencillos y cualquiera (hasta yo) puede salir airoso. La señorita de marras, con acento metálico, se expresa en forma rotunda: “Si desea hablar con el servicio técnico, pulse 1; si quiere hablar con tesorería, pulse 2; si quiere hablar con servicios sociales, pulse 3; si no quiere hablar con ninguno de los anteriores, pulse 4 y si quiere hablar con la operadora, espere calladito”. Hasta ahí, todo bien. Ya se ha cubierto la mitad de la gestión, sólo hemos invertido quince minutos. Lo que sucede después, sin embargo, complica la comunicación. Porque las señoritas grabadas, de voz metálica, están más sordas que una pared. Cuando se ha logrado acceder al servicio deseado, otra voz grabada, que no es otra que la misma, nos dispara con un “¿De parte de quién?”. Consciente que soy de mis limitaciones tecnológicas, decimos nuestro nombre despacio, marcando las sílabas. Pero la señorita no sólo carece de alma sino de neuronas y contesta: “Repita su nombre, por favor”. Entonces, es que miramos a un lado y a otro para asegurarnos de estar solos ante nuestro propio ridículo y repetimos el nombre a los gritos.

Cuando colgamos el auricular, nos asalta la sospecha de que esa misma noche, en la hora de máxima audiencia televisiva, nuestra peripecia saldrá en el infame programa de un miserable conductor de bailes y peleas absurdas, arrancando las risotadas de todos.

Hasta pronto.

columnistas@cbanoticias.net

(c) Permitida la reproducción citando la fuente: (texto y link) http://www.cbanoticias.net

No hay artículos relacionados

Comentarios:

Dejanos tu respuesta



Licencia de Creative Commons Nuestras notas pueden ser reproducidas libremente siempre citando la fuente. Gracias.