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Un viaje hacia las utopías revolucionarias (II): “La despedida”

14 de julio de 2011
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Un viaje hacia las utopías revolucionarias (II): “La despedida”

Manuel Justo Gaggero (*) | redaccion@cbanoticias.net

Como recordaba en la nota anterior, la actividad que desarrollábamos en las sierras del Escambray -ubicadas en la Provincia cubana de Las Villas- era muy intensa.

El calor agobiante durante el día, las largas caminatas, la lluvia y el frío en la noche, los ejercicios y la ingestión de alimentos, que no formaban parte de nuestra dieta habitual, estaban minando la resistencia de varios compañeros, entre los que me contaba.

Estaba comprobando que el monte no era el espacio físico en donde desarrollaría la actividad revolucionaria, sin duda.

A lo largo de esas semanas, y pese a las explicaciones del instructor, no pude lograr que el toldo de nylon cubriera la hamaca en la noche, por lo que dormía absolutamente mojado.

Mi relación con éste -el instructor-, luego del incidente que narrara en la nota anterior había mejorado muchísimo.

Manteníamos largas conversaciones en las que él me contaba su experiencias en la sierra, integrando la columna del Che, y cuál habían sido sus motivaciones al sumarse al 26 de julio -el Movimiento que encabezaba Fidel-.

Proveniente de una familia de campesinos, había nacido en un caserío en Guaro, en la Provincia de Holguín, se alfabetizó en el Ejército Rebelde y conoció La Habana, cuando ingresara su columna, en los primeros días de enero de 1959.

Por mi parte, yo le explicaba cuáles eran las características de nuestro país, el desarrollo de la industria, la existencia de un movimiento obrero organizado, productor de alimentos, con extensas pampas pobladas de ganado vacuno, ovino y equino.

Estaba en inmejorables condiciones para desarrollar un proceso revolucionario y socialista, con absoluta independencia, sin necesidad, incluso, de tener el apoyo y la colaboración de la URSS y de los países del llamado socialismo real.

Lo que resultaba más difícil de explicar era por qué razón nos reivindicábamos peronistas.

José María Martínez Tamayo, así se llamaba este extraordinario ser humano, recordaba la relación que había existido entre Perón y Batista, por lo que sentía mucha desconfianza en que fuera posible que el “General” apoyara un Frente de Liberación en la Argentina.

Pese a esas dudas, me manifestaba, permanentemente, que él estaba dispuesto a combatir con nosotros, si el Che era de la partida.

Habían pasado algo más de dos semanas cuando llegó al campamento un jeep con dos integrantes de la custodia del Comandante, que venían a buscarlo a Cooke para una serie de reuniones en las que se planificaría un posible viaje de éste a Madrid llevando una propuesta a Puerta de Hierro; la residencia de Perón en la capital española.

John estaba convencido y, había trasmitido este convencimiento a Fidel y al Che, que aquel estaba en una doble prisión, por un lado viviendo el exilio en un país gobernado por un dictador fascista y amigo de los Estados Unidos, Francisco Franco, y por otro lado, dependiendo, económicamente, de Jorge Antonio.

¿Quién era este personaje?

De ascendencia sirio libanesa había conocido el General en 1943, convirtiéndose en uno de sus principales consejeros económicos, realizando negocios importantes en el período del “primer peronismo”.

En 1949 integró el Directorio de la multinacional Mercedes Benz, y dos años más tarde se opuso a la propuesta de la central de trabajadores de que Evita acompañara a Perón en su segundo mandato.

Detenido por la Dictadura Militar en 1955 fue recluido en el Penal del “fin del mundo”, -en la ciudad de Ushuaia- junto, entre otros, con Héctor Cámpora, Guillermo Patricio Kelly, y el “Bebe” Cooke.

Financió la fuga exitosa a Chile que realizara con aquellos, y se radicó en Cuba, obteniendo la protección de Fulgencio Batista.

Realizó importantes inversiones en la Isla.

Al producirse el ingreso de los revolucionarios a la ciudad de La Habana, viajó a España, en donde financió la construcción de la residencia de Puerta de Hierro que habitara Perón hasta su regreso definitivo al país.

Por supuesto que era un enemigo declarado de la Revolución Cubana, ya que sus propiedades habían pasado a integrar el patrimonio del Gobierno revolucionario, no porque habían sido confiscadas, sino porque su administrador de apellido Aráoz, que había sido el guardiacárcel que facilitara la fuga del penal en el sur del país, donó los mismos al nuevo y flamante gobierno de la Isla de la Libertad.

John, entendía que para lograr el apoyo a un movimiento revolucionario por parte del “Viejo Líder” había que lograr que éste se radicara en La Habana, donde se encontraría con dirigentes de todo el Tercer Mundo.

Por otro lado, se integraría la propuesta con una posible generación de recursos económicos propios que le permitirían “liberarse” del “turco” -apelativo con el que se lo conocía a Antonio-.

En una próxima contaré qué pasó con este proyecto.

John se despidió de todo el contingente. La resistencia que había mostrado durante la instrucción había aumentado el respeto de todos los compañeros aun de aquellos que lo cuestionaban tanto a él como a Alicia.

Días más tarde, por decisión del instructor, varios que teníamos algunos problemas físicos que retrasaban la marcha del contingente, fuimos enviados de regreso al campamento, en las afueras de La Habana.

La despedida fue emocionante.

Cuando le di un abrazo a “Papi” no tenía idea de que no lo vería nunca más ya que, como me había manifestado, acompañó al Che en Bolivia, y murió en combate el 30 de junio de 1967, en las márgenes del Río Rosita, de ese país del Altiplano.

Durante muchos años recordé nuestras largas conversaciones, en la noche y con la quietud de la sierra, y cuánto es lo que aprendí de aquél “guajiro” cubano, que seguramente, como diría el poeta “vivió por la alegría, por la alegría fue al combate y por la alegría dio su vida. Que nunca la palabra tristeza este unida a su nombre”.

Aquí terminamos esta nota, pero no el viaje, que nos permitirá encontrarnos con el Hombre Nuevo.

(*) Manuel Justo Gaggero es abogado, ex director del diario “El Mundo” y de las revistas “Nuevo Hombre” y “Diciembre 20”.

Ver también:

- Un viaje hacia las utopías revolucionarias

- “Llegó el Comandante, y mando a…”

– El día que conocí al Che

Fuente: ARGENPRESS

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