Por Ximena Cabral | politicaysociedad@cbanoticias.net
El albergue municipal Sol de Noche cerró sus puertas en enero. El cierre no solo implica la falta de un techo sino de alimentos, asistencia sanitaria y aseo para hombres y mujeres en situación de calle. Si bien algunos fueron reubicados a la espera de las mejoras del albergue, la obra sobre la Av. Roca está paralizada y no hay ningún tipo de señalamiento que les indique a las personas cuando podrán volver.
Llegó como un programa dentro de la batería de asistencia municipal hasta ser un lugar que alberga gente en situación de calle durante todo el año. La movilidad del flujo de quienes llegan, más la necesidad de seguir tratamientos médicos por parte de algunos, hacen que el cierre, que lleva casi un mes, constituya un abandono.
El albergue Sol de Noche da refugio a las personas en situación de calle. Allí funciona el Programa Abrigo, que en un principio brindaba cobijo y alimento solo durante meses de bajas temperaturas –entre mayo y setiembre– pero, a partir del 2007, cubrió los doce meses con un promedio de asistencia de 70 personas diarias.
Este programa depende la Dirección de Servicio Social de la Secretaría de Desarrollo Social y de Empleo. Es uno de los tres programas que tiene la dirección junto a Emergencia Social y Servicio Social.
Fuentes de la Secretaría y personal del Albergue explicaron el cierre de enero como una decisión “desde arriba” para reacondicionar el lugar para reabrirlo en febrero. “Este es el primer año que cerramos durante un mes. El año pasado las refacciones las realizábamos durante el día. Son decisiones de los funcionarios” puntualizó una fuente del organismo.
La gente, mientras tanto, vuelve a la situación de calle o, en el mejor de los casos, vive una reubicación compulsiva en otro espacio asignado por parte de los equipos de la Secretaría. Esta reubicación, según informaron, no es inmediata: “No nos causa gracia ver dónde puedo reubicar a cada persona ver las fundaciones y organizaciones privadas y reubicar la gente ahí” aclaró uno de los trabajadores sociales.
Otro enero
Las persianas están bajas, hay un candado grueso que clausura el ingreso. Desde lejos se ven montañas azules y dos soles en el medio. Uno naranja que asoma y otro amarillo vibrante en el centro. A lo laterales hay otras imágenes: mujeres, árboles, bicicletas.
Patricia y Mariela atienden el local que está justo al frente. Hace ya varios años que están allí y a través de su vidriera han visto llegar una y otra vez las trafics con las personas, a los funcionarios –una o dos veces aclaran– a móviles policiales y algunas personas que se acercan con donaciones. Hoy miran las cortinas bajas.
“Cada uno de los dibujos que están allí tiene un cuento. La mujer, la bicicleta, el perrito” explica Mariela y va recordando en voz alta cada uno de quienes allí lo habitan –entre las doce horas que les permite el programa– “Historias increíbles” enfatiza y comienza a narrar algunas tardes de mate cocido y charlas con algunos de quienes van a diario al albergue.
En enero de 2010 y ante una situación similar que amenazaba el cierre del albergue, Matías Rossi distribuía por algunos medios de comunicación una carta: “Soy Técnico informático desde mi adolescencia. Malos negocios me han dejado en una situación deplorable, y me he visto forzado a vivir en la calle. Sin embargo, cuando lo necesitaba, una mano se tendió en el camino: el municipio que disponía de un albergue, donde, al menos, me esperaba un plato caliente, una ducha, y una cama. Nada más (y nada menos) que el esfuerzo de la ciudad, de validar el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (…) En pocos días, el albergue va a cerrar. Gente mayor, y gente no tan mayor, se quedan sin ese apoyo. ¿Les toca vivir nuevamente a la intemperie? Si. ¿Y a quien le importa? La gente joven que se alberga, también se ve en la disyuntiva. O volver a la calle, o buscar un ingreso ‘como sea’, por decirlo irónicamente. ¿Y quien tiene la culpa? ¿Nadie? ¿Todos? Estar en la calle significa una marginación automática para todos. No se puede aspirar a un empleo, ni a educarse, ni a nada. No se puede aspirar siquiera a juntar moneditas para pagar un alquiler decente. Vivir en la calle, nos deshumaniza de tal modo, que terminamos siendo algo más que animales de dos patas, y sintiéndonos otro tanto.”
Las reubicaciones
El Subdirector de Servicio Social, Federico Nanzer, aclaró a este medio que el cierre se debe a la necesidad de hacer arreglos generales por el deterioro que sufrió el albergue durante el invierno.
Sobre las reubicaciones explicó que son alrededor de 35 y aclaró que esta “era la población que teníamos en diciembre”. “Si bien hay entre 30 y 70 personas que lo usan todo el año, cuando hace calor la población se achica” puntualizó. Esta explicación físico climática de procesos sociales donde “algunos se van a hacer changas a las sierras” no puede extenderse a toda una población de mayores de 35 años con problemas de salud y que carecen de medios económicos para trasladarse o montar propias ventas.
Al tratarse de un albergue en el marco de un programa con población en situación de calle de mayores de 35 años que, en mucho de los casos, necesitan asistencia sanitaria porque están enfermos, este cierre dificulta continuar los tratamientos y el seguimiento médico. Sin embargo, el funcionario aclaró que se consideraron las particularidades de cada caso y la mayoría fueron derivados también a hogares, fundaciones y ONG.
“Los que no se reubicaron es porque se quedaron con el ingreso de la venta del libro” aclaró en referencia a la posibilidad de vender una publicación realizada conjuntamente con el programa Derecho a la Cultura y la Secretaria de Extensión Universitaria de la UNC. Al respecto, aparecen otros interrogantes sobre cuántos son los libros que necesita vender alguien en situación de calle, que padece alguna enfermedad o es una persona mayor, para poder comer, pagar una pensión y los medicamentos, ante el cierre del albergue.
“En el barrio algunos les hemos comprado el libro. Es una visión muy romántica la de los ambulantes de la verdad. ¿Cuántos le podemos comprar el libro?, ¿Cómo puede ser una fuente de ingreso esa? No. El titulo del libro es Ambulantes de la verdad; en realidad son los deambulantes de la realidad” expresa uno de los vecinos.
La obra
“No hay obra. No vemos camiones, ni albañiles que saquen cosas. En este enero no han subido las cortinas” asegura una de las vecinas del albergue. Otro de los comerciantes explica que recién ayer aparecieron algunas personas de la municipalidad un rato por la mañana: “Ayer vino gente pero hace como tres semanas que no lo abren para nada.”
En el kiosco de la estación de servicio contigua al hogar poco saben. Sólo ven la ausencia de algunos hombres y mujeres que venían por un par de puchos, algunos criollos o una facturita. Del personal tampoco hay noticias: “El hombre que atiende venia todos los días a desayunar… pero nadie sabe” marca cortado y rápido la empleada de la estación.
“Acá vino muchas veces la ambulancia. Hay personas con problemas de convulsiones” explica con preocupación otra de las vecinas y agrega: “Las pocas pertenencias que tienen están ahí. Andan con sus bolsas, lo poco que tienen lo llevan a cuestas”. Tiene que andar como si fueran tortugas, afirma.
“La gente viene y pregunta. Toda esta semana ha venido gente. Y acá preguntan… mucha gente viene y pregunta… anduvo una señora que buscaba al marido que se perdía y siempre se encontraban en el albergue. Otra de las señoras, que se casó la otra navidad acá, vino un par de veces pero como está cerrado se va. La policía también trae gente, espera un rato y se va”. Como esa historia, un montón más. “Una mujer embarazada estuvo por horas “, puntualiza una vecina.
Avanzada la charla vuelve a repetir: “La gente espera viene y nos pregunta. Hasta la misma gente de la policía cuando llegan con gente de noche para el albergue nos pregunta. Ellos andan por acá. Se paran horas allá…”. Incluso, han atendido gente que venía con donaciones para el albergue, Patricia aclaraba “Hay una señora que vino como tres días seguidos con unas camas cuchetas y no había nadie. Ni una dirección donde ir. Se cansó y se fue”.
Estar en situación de calle implica una incertidumbre a la que se le suman otras esperas e incertidumbres. Así, llega el mes a la espera de que le indiquen –según su ficha– a dónde ir y, en el peor de los casos, llegar y que el candado marque la prohibición.



Eduardo de la Cruz:
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