Manuel Justo Gaggero* | columnistas@cbanoticias.net
Son muchos los interrogantes que plantea la llamada “institucionalización” del modelo.
¿Es que acaso la política es un sinónimo de corrupción, de ejercicio arbitrario del “poder”,de frivolidad, de no participación y de exclusión?
¿Cuáles son los paradigmas de los partidos llamados “populares”? ¿Qué quedó del peronismo que levantaba las banderas de Justicia Social, Independencia económica y Soberanía política y del radicalismo que propugnaba una “democracia para todos”?
¿Es posible pensar y estructurar un lenguaje distinto al discurso hegemónico, que reiteran la dirigencia empresarial, política y sindical?
¿Existe un país distinto o posible, en el que se termine con la exclusión, la riqueza de pocos y la pobreza para muchos?
Este “encanto”, que predica la burguesía, con su esquema de estabilidad ¿es el horizonte de nuestro país?
Podemos soñar. ¿Tenemos posibilidades de recuperar el tiempo perdido, la solidaridad y porque no lograr una efectiva independencia económica y ejercer la soberanía política, construyendo una patria para todos?
A algunas de estas preguntas, que surgen de la realidad cotidiana, trataremos de darles una respuesta. Una opinión que puede ser absolutamente discutible, que tiene que servir para generar uno o más debates. Porque lo que sí tenemos claro es que se acabaron las “recetas”, y que tenemos más dudas que certezas.
I. Los políticos hoy
La recuperación de la democracia formal en 1983 alentó esperanzas. Nuevas generaciones se incorporaron a la actividad política, entendida como un quehacer en función de objetivos y con un marco ético e ideológico dirigido a pensar en la sociedad en su conjunto y no en el beneficio individual.
Nacieron, al mismo tiempo, las listas antiburocráticas en los sindicatos, se recreó un movimiento participativo en villas y barrios populares. Se empezó, lentamente, a tratar de reconstruir -en un difícil trabajo artesanal- el tejido social al mismo tiempo que empezábamos a aprender a unir la diversidad, a escuchar al otro, a convivir con puntos de vista diferentes.
No obstante, de lo que no habíamos dado cuenta, es que el Terrorismo de Estado no sólo había golpeado seriamente, en todos los terrenos, al movimiento popular que pugnaba por cambios revolucionarios, sino que, mediante el Terror y la propaganda mediática, había generado profundos cambios ideológicos y de comportamiento en la sociedad.
El “por algo será” y “hacé la tuya”, eran, de alguna forma, los parámetros de vida de un sector importante de nuestra comunidad que empezaba a mirar como “nostálgicas” a aquellas posturas que reivindicaban metas liberadoras.
El militante abnegado, que dejaba de lado sus objetivos personales, para dedicar sus mayores y mejores energías a la transformación del país, fue lentamente desplazado por el político “post moderno” que con un confuso discurso, con algún contenido social, hace de su actividad un instrumento para el ascenso individual y, por que no, una forma de incrementar su patrimonio económico.
Se presenta a la sociedad como un “producto”, en el que se valora más su aspecto físico, su “cintura”, su habilidad, que sus ideas.
La ética se convierte en una “rémora del pasado”, y entre la práctica y el discurso se empieza a instalar una permanente contradicción, que si bien se cuestiona individualmente, comienza a tener consenso, en la medida que los ascensos meteóricos revelan la capacidad de quién participa de los mismos.
Gran parte de los que expresan al oficialismo o a la ocasional oposición encuadran en esta caracterización.
Los símbolos dejan de tener el valor de tales, para convertirse en meros adornos frivolizados, en el marco de una realidad, en la que se prioriza el pragmatismo a los principios.
Los políticos del “modelo”, tiene más que ver con la Francia decadente “post napoleónica”, que con los actores de un quehacer, que más allá de cualquier posicionamiento ideológico, debe pugnar por el bien común.
Se rompe la relación directa que debiera existir entre la dirigencia y los ciudadanos -para mediatizar ésta a través de los medios de comunicación- esto explica lo de Papel Prensa, la disputa con el grupo Clarín y el uso del sistema estatal.
Ahora se valora la “imagen”, la rapidez en la respuesta, más que la tarea cotidiana.
Se trata a la corrupción como un componente indisoluble del accionar de quiénes ocupan cargos ejecutivos, y no se condena la misma, por el contrario se ha internalizado la frase “roban pero hacen”.
Socialmente las instituciones -el Parlamento, la Justicia, el Ejecutivo- pierden credibilidad. Los planteos, los debates y las decisiones que se adoptan carecen de consenso, pero este no interesa, ni se valora, ni tampoco se busca.
Se instala un mensaje permanente en el que se tramite la falta de sentido de la lucha, de la resistencia y de la oposición consecuente.
¿Para que movilizarse, si finalmente se impone la decisión de los que mandan? ¿De que vale luchar por la soberanía y la recuperación de nuestro patrimonio, en un planeta en el que se reemplazan las fronteras nacionales por la integración económica a través de alianzas entre poderosos monopolios económicos cuyo fin es la mayor rentabilidad?
¿Qué sentido tiene resistir, si se han derrumbado las “viejas catedrales”, no hay modelos paradigmáticos y vivimos en una crisis de reconversión del capitalismo, luego de la cuál grandes franjas de la población quedarán fuera del mercado?
Es este el modelo cuya estabilidad defiende la “corporación” política, sindical y empresarial, frente a quiénes seguimos pensando que es preciso recuperar la política, la confianza y recrear los sueños.
Que otro país es posible. Que podemos aspirar a vivir en una sociedad igualitaria, en una nación independiente y soberana.
¿Qué pasa con los llamados “movimientos nacionales” -peronismo y radicalismo- hoy? En el próximo artículo trataremos de dar algunas precisiones para el debate.
* Ex director del Diario “El Mundo” y de las revistas “Nuevo Hombre “y “Diciembre 20”.
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