Por Rodrigo Mundini | literatura@cbanoticias.net
Con el corazón de luna y papel, ellos se juntaron cuando caía el sol aquella tarde de verano, y mientras el crepúsculo llenaba el cielo de nostalgias y las gaviotas volaban hacia el sol, ellos caminaban lentos y tranquilos por la costanera de la ciudad, hablando de sus vidas, de sus gustos, de sus familias y de sus proyectos; entonces él, que miró hacia un costado como para disimular, hizo una elipse con su mano derecha y le rozo la muñeca izquierda a ella, quien por miedo a que ese contacto no se repitiera la atrapó en el viaje de vuelta y sus manos se hicieron una sola de repente y sus nudillos comenzaron a conocerse con la yema de los dedos de la mano ajena.
El roce era demasiado excitante para ambos, y él, hasta se animó a dibujar pequeños círculos sobre la piel de su compañera. Ante las sonrisas tímidas de la mujer, aquel muchacho advirtió que las caricias le hacían bien.
Ella dijo, soplándose la frente, – qué calor esta tarde, ¿no?
Entonces contestó el muchacho, sin perder tiempo ni oportunidad, – Es cierto, especial para tomar algo fresco, ¿gaseosa o helado?
- Prefiero lo segundo. Y se humedecía los labios con su lengua y se tocaba la panza.
- Elegí vos primero, caballerosamente acotó el joven.
- Frutilla y limón…
- Yo de vainilla y dulce de leche, dijo mientras le alcanzaba el helado a la mujer y le indicaba una mesa vacía cerca de la calle y con vista al río y al horizonte.
- Estuvo riquísimo, gracias, y lo abrazó.
- Es tarde, te acompaño a tu casa ¿te parece?
- Bueno, vamos, gracias.
Y así recorrieron las calles desnudas, sin niños jugando porque la luna ya había ganado el cielo. Se tomaron nuevamente de la mano y hasta en un momento, él joven se animó a cruzar su brazo, flaco y nervioso, sobre la cintura de la muchachita, quien comenzó a reír y le confesó que tenía cosquillas, aunque igualmente le pidió que la dejara en ese lugar.
Por fin llegaron a la casa de la mujer y ella lo invitó a pasar.
- ¿No hay nadie en tu casa? Preguntó él en voz baja.
- Sí, papá y mamá, pero deben estar durmiendo, es tarde y mañana temprano trabajan. Pasá y sentate en el sofá.
Se quedaron allí un largo rato, mirándose, deseándose, riéndose, descubriéndose, hasta que por fin la pequeña moza, se animó y tomo la iniciativa.
Fue en ese preciso instante cuando ella sintió duendes en la panza y él sintió un hormigueo en el alma. Fue en ese momento, la primera vez, cuando él con sus doce y ella con sus diez, se dieron el primer beso…
Beso que, por cierto, no fue el último.
Y se chocaron nuevamente sus nudillos y sus miradas tenían estrellas y lloviznas.
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