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La Laguna

04 de agosto de 2010
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Por José Santiago Salguero | literatura@cbanoticias.net

La lapicera gobernando los nervios desorientados de mi mano derecha. A toda prisa persiguiendo al olvido que se aleja y en consecuencia, recuerda cada vez más. Por medio de la tinta, escribiendo para cubrir una noche blanca de espacios con las palabras que alguna vez salvaron las búsquedas.

Acaso, se trata de espiar en el revés de esta historia que muere en cada coma asesina, que le teme a los puntos finales sin saber que nada acaba, porque vendrán después, otros ojos a leer los pasos errantes de tu boca jugando con mi desconocida infancia. Entonces, encuentro un camino alternativo para llegar antes a esta última palabra, para abrazarte de manera delicada y contundente, aunque escapes por un acento traicionero que se escurre entre renglones que todavía no inventé.

Comenzamos a jugar en el peligroso contorno de quererse en la oscuridad; sin ni si quiera medir la falta de medicinas que calmen tu rutina exigente o mis torpes miedos, capaces de voltear esta letra pidiendo que frenemos. Y somos mientras nos hacemos. Conquistándonos de pronto sobre una palabra que pactamos no pronunciar. Todavía jugando a enredarnos en algunos verbos filosos, abriendo las heridas del pasado vestido de presente y entusiastas bordeamos los labios del futuro.

Pareciera ser ahora el momento para atrapar tu queja reposada en la preposición. La veo en completa soledad, a merced de mi transgresor deseo. Beso apenas tu mejilla, todavía en la palabra que hemos decidido ignorar y me lanzo contra tus gestos adustos jugando en esa o de juego uniforme y de circunferencia, de capítulos filmados por tus manos usurpando los márgenes de la hoja o del espacio inmutable que con ojos de cordura llamamos tiempo.

Sucede que parte de tu rostro, se hunde ahora contra los sinónimos queriendo cubrirte de mis reclamos gastados y toco el timbre en las puertas de los paréntesis que aclaran lo que todavía no quiero saber. Y si miro hacia arriba, desfilan miles de figuras presumiendo los renglones finísimos. Y vos camuflada entre los diptongos que te separan tan correctamente de mi mundo.

Es decididamente incómodo hacer el papel de ridículo. Parado sobre una letra elegida al azar te nombro con absoluta nostalgia y ríen cómplices los predicados, que me preguntan porque todavía duermes sobra una sangría que no diviso. Y pienso que las heridas son gramáticamente tediosas.

Desde algún espacio todavía no identificado, me arrojas las vocales que te sobraron de la despedida que se alimenta en cada línea de tiempo y la soledad se escribe con mayoría de consonantes que me retumban en los interlineados de mi existencia.

Jugando a no morir. En busca otra vez de tu perverso cuerpo desnudo e infinitamente borrado, quiero recuperarte, deshacerte, hacerte de apoco, así, letra a palabra, sin olvidarme de vestirte aún con las interjecciones, sin olvidar los dos puntos que son para mí los botones de tu blusa provocando a los presos para que escapen por la puerta del sujeto tácito que decidimos dejar sin llave. No llores. No ahora que no sabré que hacer con tantas balsas en formas de palabras inconexas, y bailarán las sombras de la inocencia que perdimos cuando la realidad vino a convencernos.

Quédate un tiempo (si de verdad puede abarcarse la invisibilidad en un concepto) recostada sobre este mediocre texto donde todavía hacemos el amor con extrema soberbia, acariciándonos con el adjetivo preciso en el sustantivo indicado y no te muevas que vas a caerte al otro lado del escritorio; y allí ya no podrá mi lapicera volver a iniciarte; no levantes tu misterio que estoy por explicarle a los pronombres que equivocaron en creerse nombres propios.

No me pidas que busque entre tanto desequilibrio los puntos seguidos que ya no tengo ni las abreviaturas para recordar tu nombre agazapado en el vértice de esta encrucijada patética y entusiasta. Calla. Deja que alguien decida arrancarnos juntos. No puedes decidir tu partida si tu mundo ya no está en esta lapicera de esa mano que fue mía, la misma que comienza a desconocer su sitio, por fantasmas acechando.

No desarmes lo que todavía no armamos. Esperá a que alguien nos aplaste con la decisión que no tengo para olvidarte y entonces así, podrás optar por irte en el cruce de otras letras. Escondiéndote en las curvas y en las planicies, en los recodos y en los ángulos invisibles de las sombras que van a formar, cuando yo apague la luz, los artículos elegantes.

Pero si nadie se atreve a cerrarnos con la suficiente desaprensión, dibujaré una laguna con la profundidad que hay entre tu cuerpo y mi deseo y si todavía duermes sobre el texto tendré que ahogar al papel y la lapicera también. Quizá porque ya no puedo quitarte las palabras que te enciman y uno de este otro lado, aunque también hundiéndose desde el tuyo, engañando a la melancolía para convencer al crimen de un suicidio donde mueren dos o sólo uno.

(c) Permitida la reproducción citando la fuente: (texto y link) http://www.cbanoticias.net

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