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El Viento

07 de agosto de 2010
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Por Felipe Boyajian | literatura@cbanoticias.net

Ilustración: Andrés Bongiovanni

Era uno de esos días en los que le costaba escribir. El mundo parecía invadir su inconciente con imágenes de maderas prehistóricas, cañaverales solitarios, cortaderas azotadas por el viento gélido de la montaña. Zacarías sentía enfrentar nada menos que la muerte en cada palabra pronunciada, en cada línea trazada sobre el tablero, en cada esencial razonamiento que fluía por su retina, como las gotas de vapor condensadas sobre un vidrio helado. Era tan terrible la lucidez del día, tan inminentes las ideas, tan conmovedores los presagios de su felicidad, que temía distraídamente ser alcanzado por un rayo al cruzar el jardín para regar los cerezos brotados.

La tarde iba cayendo sobre la celeste sierra. Se asomó al gran ventanal y percibió cómo los colores evolucionaban en las facetas de la paja brava que, con cada acometida del viento, se acobardaba y envalentonaba cíclicamente, en un vaivén de valentías, una danza guerrera que le devolvía a su recuerdo, atavismos del solitario hombre que alguna vez fue sin saberlo. La soledad de la vasta intemperie, le devolvió confianza y dominio. Sus dedos angulosos, nervurados, sostenían la humeante tasa de café, cuyo vapor iba nublándole la vista del horizonte sobre aquel vidrio de aparente transparencia. La tensa piel de sus nudillos, se camuflaba de color blanco, como los pétalos de aquel cerezo vislumbrado al otro lado del cuidado jardín.

Un hombre en bicicleta se aproximaba por la empinada callejuela. El ejercitado transeúnte levantó la mirada. Su rostro deformado por la tensión de los músculos, el sudor caliente en su frente, su cuerpo estrangulado como un sueño incoherente, trajeron a Zacarías un horror entre sagrado y familiar. El ciclista sonrió brevemente, con media sonrisa macabra y serena. Su cuerpo se elevó levemente y luego todo su pesó acometió con furia sobre los pedales para ganarle terreno a la gravedad. El viento, una vez más, jugueteaba con los rubios lazos de su pelo, imitando el paisaje primitivo de la sierra azulada. Su silueta ágil y fina, zigzagueaba con una coherencia central, similar al del hombre cuyos finos dedos sostenían la taza de café.

Un minuto después que la imagen del ciclista desaparecía detrás de un cerco vivo, el sonido de una carta arrastrándose por el reluciente parquet inducía en Zacarías un pestañeo que lo devolvía de su abstracción.  Pocos segundos duró la orfandad de aquella esquela, cuando unas manos de mujer la recogían de su soledad. El sobre marrón era delgado, las puntas aplastadas por el largo periplo, declamaban un origen lejano. Las manos femeninas cizallaron con naturalidad un contorno del sobre, aquel que simulaba estar libre de contenidos, siempre con la duda que se corre de estar equivocados.

Zacarías suspiró cansado. La atención de la mujer de las manos fue perturbada con poca convicción por aquel cotidiano y ya convaleciente acto doméstico. Volvió sus sentidos al sobre cuyo contenido ignoraba. A Zacarías le molestaba lo mecánico de la apertura de dicho sobre. Le irritaba la escasez de premoniciones, de sospechas, de intuiciones. No haber explorado aunque fuere brevemente los perímetros del envoltorio, inmiscuirse adolescentemente en su contenido sin atender a la posibilidad de un error de destinatario, le generaban al hombre de la taza de café, una indignación muy sutil pero efectiva, un sentimiento de desprecio hacia aquella mujer, que crecía con cada maquinal y cotidiano acto.

Volvió su cuerpo y la vista hacia la sierra azulada, que parecía haberse oscurecido más desde que dejó de verla durante aquel ínfimo lapso de tiempo. Sus dedos se crisparon y sostuvieron el café con mayor robustez. El vidrio volvió a empañarse, pero ya no por el contenido humeante de la taza, sino por el vapor de su aliento, un aliento de furia creciente, alimentada por los minúsculos pero infinitos elementos provocadores de la convivencia. Un rictus sofocado se formó en su rostro y sus músculos se tensaron como los del ciclista. Se agitó su respiración con creciente avidez. El puño libre apretó el aire y las uñas se clavaron en su propia palma. Todo su cuerpo se confabuló contra su senstez. Su cuerpo ya tenía un juicio propio. Un primitivo ejercicio de decisiones instantáneas, heredadas de sus antepasados, tomó control de sí. Un hombre, lejos de esa habitación, lejos de ese mismo siglo, ya había resuelto por él, ya había sucumbido a las pulsiones naturales, al salvaje acto de la cacería.

La tasa fue impulsada violentamente contra la mujer de las manos. Estalló en su sien la antigua porcelana y miles de años de instintos camuflados. Sobre el inmaculado parquet  se derramaron, el café y la sangre de la intolerancia.

Afuera las cortaderas sucumbían a la recia y eterna persistencia del viento.

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