Por Clarise Sánchez y Esteban Torino
Fotografías: Facundo Martínez
Día 6
(CbaNoticias) La audiencia del día de hoy se inició a las 10.15. Al comienzo, Yanicelli volvió a mostrar una foto donde se encuentran reunidos Rueda y su hermano Raúl, entre otros. El imputado sostuvo que no era una reunión familiar y que era en la sede de la Secretaría de Inteligencia Aeronáutica (SIA).
Luego prosiguió la declaración de la testigo María Cristina Díaz. Testimonió sobre la detención y asesinato de su padre Florencio Díaz quien era empleado de Fiat y militaba en Montoneros. Fue detenido el 5 de febrero de 1976 y llevado a la Unidad Penitenciaria Nº1.
En la primera visita a su padre en la UP1, la testigo contó que el estado de salud de Díaz era “deplorable” y que tenía heridas de picana eléctrica. Además de torturas físicas casi todos los días, se sumaban las torturas psicológicas sobre todo en relación con su hija y esposa.
En una de las visitas donde le llevaban un paquete con elementos para higiene (era una forma de saber que si recibían estaba con vida), le dijeron que él no estaba en la unidad penitenciaria. Les informaron que lo llevaron para interrogarlo a Direcciones donde le responden que tampoco se encontraba allí.
Unos días después, un amigo de un primo, que buscaba a sus hijos desaparecidos, dijo que el cuerpo de Florencio Díaz estaba en la morgue y que le dijeron que apuren en buscar el cadáver “o va a parar a la fosa común de San Vicente”. Cuando su hermano fue a buscar el cuerpo y levantó la sábana, “se encuentra con el horror del cuerpo castrado y le faltaba parte de un brazo, estaba picaneado y herido de bala”. Murió el 11 de noviembre de 1976 y justificaron su asesinato diciendo que se quiso fugarse. La testigo, en referencia a esto, dijo: “¿Usted cree que una persona con ese estado puede fugarse?”.
Después describió sus días de detención desde el 7 de noviembre de 1978 hasta diciembre de 1982. Afirmó que había una mujer en la D2 que participaba de las sesiones de tortura.
Con tres testimonios de mujeres, dos de ellas esposas de víctimas y una hermana, concluyó la sexta jornada. Pero esta segunda mitad del día no contó con la presencia de los 31 imputados de ambas causas, que fueron trasladados a Bower.
Cerca de las 15.30 comenzó la ronda de testimonios (todos ellos parte querellante de la causa UP1), tomando la palabra en primer lugar Marta Díaz. Esta mujer, esposa de Eduardo Daniel Bértoli, contó sin fisuras la detención de su marido el 26 de marzo del ´76 en su domicilio. Donde fue llevado por personal de civil cuando se encontraba la familia completa (Díaz tenía dos hijos con Bértoli) en medio de la noche. “Se lo llevaron al fondo de la casa, no lo pude ver nunca más”, relató la mujer con firmeza en la voz.
Así, tras dar con su paradero en el D2 y llevarle periódicamente alimentos, el 30 de abril se enteró de su muerte “por un intento de fuga”. Al día siguiente, con la convicción de encontrar respuestas, Marta Díaz asistió a las dependencias del Pasaje Catalina (D2) donde las únicas palabras que oyó fueron: “Lamentablemente ha fallecido”. De esta forma, no quedó más remedio que el tedioso reconocimiento en la morgue por parte de uno de sus hermanos, que lo único que dijo del cuerpo fue que tenía un tiro en la frente.
Paradójicamente, cuando Díaz fue a retirar, hace no tantos años, el certificado de detención de su marido, figuraba que había estado a disposición del Poder Ejecutivo (PEN) y sus cargos eran por supuesta asociación ilícita. Pero lo increíble eran las palabras que afirmaban que había sido puesto en libertad el 4 de mayo.
Al alegato de Marta Díaz le siguió un pormenorizado relato de Rosario Rodríguez, que perdió a su marido Pablo Alberto Balustra. La testigo contó con el apoyo de su familia, entre ellos sus hijos, y además de contar su esclarecedora historia (ver “Mi marido fue el gran amor de mi vida, y sin él me faltaba la mitad de mi cuerpo”) le pegó al arzobispado de Córdoba en manos de Primatesta. “No podemos hacer nada”, aseguró Rodríguez que le dijo el arzobispo.
Luego de ser detenido el17 de junio de 1975, fue asesinado en un supuesto intento de fuga el 11 de noviembre del ´76. Tras obtener la autorización para retirar el cadáver en la morgue, encontró a Balustra con marcas en todo su cuerpo, pasto y tierra.
Tras su intervención y luego de un cuarto intermedio atestiguó Miriam Funes, también querellante y hermana de José Cristian Funes, otra de las 32 víctimas fatales de la causa Up1. Funes tenía 23 años al momento de su detención. Esta mujer también fue varias veces buscada por el Ejército, pero no pudieron dar con su paradero. Miriam dijo sentenciosamente: “Todo esto fue un desastre para mi familia, es sentir cómo le destrozan todo lo que se llama futuro”.
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