Sección | Literatura, Portada 3i

Lucero solito

15 de junio de 2010
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Por Pablo Arietti

El humo del cigarrillo se fuga. Preciosa soledad de manos sobre la baranda del balcón, quinto piso, contrafrente. Una sola estrella entre los muros del patio interno. El cielo recortado en el filo de las líneas de cemento, irrepetible polígono en el universo. Deja caer el cigarrillo. Su mirada cenital se demora en el exiguo destello que atraviesa la copa del cedro, allí abajo. Entra y cierra las cortinas. La estrella sola en el polígono. La evocación de la zamba para cambiar estrella por lucero. Solito lucero detrás de las cortinas.

De boca en boca encanta los parlantes desde un viejo pasacasettes. Idiomas remotos, lejanas ceremonias. Apaga las velas y se sienta a la punta de la mesa. Ahora sólo la penumbra. El lucero solito entrevisto desde el interior. La mesa, el balcón y a medio camino entre el lucero y la música, el teléfono azul terciopelo, mudo. Baja un auto desde el último piso de la playa de estacionamiento. La bocina aturde entre piso y piso. Rompe el hechizo de la melodía mientras recorre el caracol de cemento a metros del balcón. Los estridentes ecos se llevan el final del último estribillo. Se levanta a dar vuelta la cinta. Más cantos remotos en voces de ensueño sin bocinas demenciales. Otra vez afuera, eleva la mirada. El polígono de cielo recortado, el lucero solito. Abajo, el cedro. Bendito contrafrente. El agua hierve. Entra. Tira el agua. Pone agua a calentar. Suena el teléfono. Espera. Dos veces y sigue sonando. No es lo acordado. No atiende. Apaga el fuego y guarda la taza. Camina con las manos en los bolsillos. La cocina, el comedor, las cortinas, el balcón, el polígono irregular, el lucero solito, arriba, a la izquierda. Los gatos del caracol de la playa se pelean. No los alcanza el claro de la noche. Las bocinas estremecedoras, el caracoleo de las luces, los despiadados alaridos de los gatos. Maldita playa, maldito contrafrente. Concluye el canto de las lavanderas. Viene la canción de cuna. Entra y se abandona en el sillón, en los suaves vaivenes de las voces que lo arropan. Su mirada vuelve a recorrer los trazos de ese torso desnudo de Egon Schiele en la pared. Resiste el sueño en la contemplación de sus colores lacerantes cuando el teléfono, una vez. Otra vez. Silencio. Es ahora. Se levanta. Espera. No vuelve a sonar. Dale soná. No suena. No puede ser, nadie más comparte el código. En el desencanto de la espera, imagina una jungla de llamadas. Atraviesa groseras constelaciones de llamadas sin código. Una intuición repentina lo inquieta. Enciende un cigarrillo. Desde el balcón, recorre los bordes de la figura recortada que su estrella sigue dominando aún con el correr de las horas. Busca una forma entre las formas posibles que repita ese trazado. No puede haber otra igual. Es única, como el espacio que ocupa la voz que no llama. Persiste en la búsqueda de una clave. El cielo se ha movido pero el lucero persiste, único punto de luz preso en el polígono único del contrafrente. Es el signo, piensa. Salir a la intemperie, liberar al lucero y encontrarlo en la multitud de la noche para liberar una voz del enjambre de voces. El tiempo lo empuja. Entra torpe en busca de una hoja. Traslada el polígono desde la mirada reciente al papel. Lo recorta. Toma sus óleos. Mezcla rojo y negro y sólo deja un círculo sin pintar, arriba, a la izquierda. Hunde en el círculo la punta quemante del cigarrillo y camina rápido hacia el balcón. Superpone los polígonos. No lo asombra la perfección de la copia. Por el círculo se filtra la luz de su estrella como el sonido de una llamada entre los tambores de la danza. Fuma, mira el papel, fija la mirada en el círculo. La voz que no llama es una estrella en la noche estrellada. Toma el saco y las llaves. Baja a los saltos las escaleras. Los cinco pisos a los saltos. Atropella a una anciana que viene entrando. No se detiene, no pide disculpas, no deja de correr. Pasan calles y cuadras. Descansa, camina y vuelve a correr. Cambian los barrios. No puede más. Ya es lejos, hay baldíos. No hay polígonos recortados. Es el todo, la bóveda extasiada de constelaciones, la jungla del cielo. Entre tantas llamadas encontrará la llamada. Llega a un descampado. Más allá, alguna fábrica. Levanta el papel. Las estrellas se agolpan. No hay lucero solito. El negro rojizo de la copia siempre termina ocultando otras estrellas. Baja los brazos. Descansa. Piensa el balcón. Se para en el balcón desde el baldío. El balcón da al oeste. Mira hacia arriba, al oeste. Se pierde en el oeste de la jungla. El lucero solito es una estrella anónima entre miríadas de estrellas o llamadas sin nombre. Levanta otra vez el polígono negro rojizo. Indiferentes estrellas ocupan el círculo. Los brazos entumecidos se desmoronan. Se deja caer. El rocío le produce escalofríos. Vuelve a levantar el papel. La búsqueda es infructuosa. Casi en la resignación, la figura se ilumina. El círculo derrama un brillo claro, definitivo. Cambian las tonalidades. La tenue luz del lucero solito puebla el negro rojizo de azul terciopelo. Entre los dedos, la copia se deshace. Se funde en el original. Intenta en vano unir los fragmentos. Se desintegran. El azul terciopelo esfuma unánime las constelaciones. El lucero, ahora sí, solito, ahora sí, brote del alba, lo devuelve a los barrios, a los edificios, a su edificio. Se mira desencajado en el espejo del ascensor. Cuenta los pisos. Entra y se derrumba en el sillón. El sueño lo abarca en pocos segundos. Lejos, algo suena. Tal vez dos veces. El cansancio perturba sus sentidos. Vuelve a sonar. Reacciona, se levanta. Sus pasos lo conducen extraviado al balcón. El canto enloquecido de los pájaros despereza las ramas del cedro. Sigue sonando. Una nube alta, rasgada de fulgores, atraviesa el cielo recortado, arriba, a la izquierda. Retumban entre los muros las bocinas de los que bajan por el caracol de la playa hacia la mañana inestable. Probabilidad de tormentas hacia la tarde. Ya nada resuena. Un silencio de ciudad, de ruidos lejanos de motores, abisma los ambientes. La claridad del día es una afrenta. Entra y cierra todas las persianas. Los colores de Egon Schielle se entreduermen. No puede obviar su costumbre de mirarse en el espejo del baño antes de dormir. Nada nuevo en sus facciones. Vestido, se desmorona en la cama logrando apenas quitarse los zapatos con la punta de sus pies. Suena el portero. Abajo, el encargado habrá terminado de baldear la vereda y estará lustrando el portero eléctrico. Siempre tan poco cuidadoso, tocando botones inoportunos. Los párpados ardidos ya no responden. El sueño desvanece los sonidos internos del edificio, el rumor del ascensor, de las puertas plegables abriéndose y cerrándose en el quinto piso. Ya no lo despiertan dos golpes a la puerta.

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