Por Pablo Arietti
Fotos: Silvana Pietronave
(CbaNoticias) En una noche inolvidable, en uno de los mejores espacios de Córdoba para disfrutarlos, Hugo Fattoruso y Carlos Aguirre falsearon todas las roscas. Antes, Lucas Heredia, acompañado de Gastón Testa, adelantó temas de su próximo disco.
Se escapa. Se vive escapando. Todos los planes fallan. Otra vez a revisar los manuales. Un nuevo desafío para intentar explicarlo. No hay caso, se quiebran las categorías. Habrá que desechar inventarios y ahondar en otras formas. Tal vez el secreto resida en la geografía, por qué no.
Entre las imágenes que surgen mirando un mapa de Latinoamérica para entender su música, se podría citar la más transitada, donde el Río de la Plata se presenta como uno de los puntos más importantes de entrada a los ritmos que luego fueron remontando los grandes ríos del litoral para afincarse y dar el tono a cada región. Pero hay otra mirada que podría abordar algo de la genialidad inclasificable de Hugo Fattoruso.
Podríamos ver a América Central como una vertiente de música que se precipita en una especie de enorme embudo. Lloviznada por destellos cristalinos de la música negra del norte (del sur del norte), pongamos que nace en México, baja por Guatemala, las islas del Caribe le perfuman la senda, sigue su camino y cruza a nado el Canal de Panamá para derramarse desde Colombia y Venezuela hacia el sur, cubriendo sus márgenes de selva y cordillera, por brazos de ríos que finalmente, con algún movimiento que nos permitiremos conceder, bajan por el Paraná y el Uruguay, hasta el Río de la Plata, final anticipado de ese cono invertido.
Con haber nacido en alguna de sus costas, por ejemplo Montevideo, y estar un poco atento a las vibraciones de las olitas del puerto, tal vez baste para arrancar. Justo ahí estaba Hugo Fattoruso, los pies en el agua, haciendo sapito con piedritas planas cuando por los nervios plantares de su infancia le entraron los ecos de todo un continente.
Después del mito errático, lo perdemos de vista. Las aguas parabólicas de ese río captan músicas de todo el planeta. Las sintonías se desordenan. No alcanzamos a explicar a Fattoruso cuando lo vemos en acción. ¿Qué está haciendo? ¿Cómo puede? En fin, lo que no se explica se disfruta y ya. Por obra y gracia del buen gusto de una productora local, se nos reaparece en el Auditorio de la Ciudad de las Artes, acompañado de un amigo que también entiende demasiado de cómo pescar la música que baja por los ríos de América: Carlos Aguirre, el morocho del Paraná. Antes, el artista invitado, previa luminosa.
Lucas Heredia con su guitarra y Gastón Testa con sus teclados, abren la cosa. Los muchachos de la consola se habrán arremangado tal vez como nunca para calcular al milímetro los rebotes de la sala porque el sonido es perfecto. Hay gente conocida y otros melómanos que ya se empiezan a sonreír, involuntariamente, porque hay músicos así, artistas que con sólo cerrar los ojos y cantar dibujan sonrisas involuntarias en la audiencia. Acaso por la exquisitez de los arreglos de voz, por los versos, o por las melodías maravillosas.
Todas las opciones son correctas en las canciones de Lucas Heredia. Entonces se suceden cálidas, entre aplausos y labios arqueados hacia arriba. Todas pasan caminando la prueba de un público que suponemos sensible a cierto grado de complejidad. Por la gratitud del auditorio y la admiración hacia quienes los escuchan entre bambalinas, los músicos se salen de la vaina. Los instrumentos también. La guitarra, emocionada, se desafina. Lucas le pide por favor un poco de compostura y arranca, como puede, Mirando a Miranda, la canción de una niña que no se duerme para inspirar una de las obras más hermosas de nuestra última música.
Fin de un comienzo dignísimo. Se corre el telón, la gente, batida a nieve en baño maría, se acomoda un poco, cruza las piernas al revés y se frota las manos. Unos minutos y se reabre el telón. Hay dos tipos sentados. Uno al piano, a la izquierda del escenario, dando su perfil derecho al público. Otro, con su guitarra, su piano y su cajón, del lado inverso, con su perfil inverso. No nos preguntaremos por qué los pianistas casi siempre se ubican de costado y no de frente. La respuesta es obvia en este caso: estos dos tipos tienen que mirarse para divertirse y ad-mirarse, a la manera de Chucho y Bebo, o de Jorge Navarro y el finado Lopez Furst cuando con Acher querían tanto a Gershwin.
El del piano es uruguayo, el de los sapitos en el puerto de Montevideo. Un apellido que desde hace mucho tiempo integra esa serie de palabras-marcas únicas: Maizena, Stradivarius, Magiclik, Tupper, ¡Fattoruso! (Sorprende algo que más de un observador de mediana perspicacia ya habrá identificado como otra expresión de su versatilidad: las facciones de Hugo Fattoruso. Visto de perfil, es un señor que tiene toda la historia de la música en su media frente, un profesor universitario, titular de cátedra, un sabio insuperable que pulsa las teclas con un oficio de décadas, las que le conocemos de trayectoria. Cuando mira al público, en cambio, es un chico que acaba de saltar la tapia después de haber robado mandarinas en el patio del vecino. El rostro tramado por la alegría del juego incansable). Una coincidencia lo iguala al Negro Carlos Aguirre, el otro demonio de la clase, el de la guitarra-piano-cajón: por donde se los mire, tienen cara de buenos tipos. Y otra verdad de perogrullo: los músicos enormes suelen ser buena gente. Tanta sensibilidad les ha ablandado el corazón al punto de salírseles por los poros, la mirada, las yemas de los dedos.
Ambos tienen un atril con papeles. Es ingenuo pensar que se trata de partituras. Podrían ser líneas madres de algún tema que derivará en sesiones de scat. Conviene pensar, a fin de cuentas, que son recordatorios mínimos, apuntes similares a la lista del almacén. En cualquier caso, cumplen en dejarlos en el piso mientras avanza el recital. Cada tema integra el repertorio de la música popular, sólo que cada ejecución experimenta innumerables vueltas de tuerca. Lejos de abrevar sólo en su obra inagotable, Fattoruso-Aguirre interpretan a Mateo, Cabrera y Rada, entre otros súper amigos. Hay, por otra parte, una despreocupación lógica por los nombres de los temas. No tienen importancia. De otro modo, no se explica que, de repente, Fattoruso diga algo así como “bueno, les voy a tocar un tema nuevo, le puse ‘Ritmo’”. O que consultado por alguien de la platea sobre el nombre de otro tema que había tocado, hubiera respondido “Palabras”. Un verso de alguna canción dice “no hay epílogo y eso me inspira”. Es la pista más generosa para llegar al centro del laberinto.
La destreza de las interpretaciones, que en las manos de Fattoruso suelen llegar a su fin como cayéndose por las notas más agudas de su teclado, abarcan al público progresivamente. En la mitad de la noche, y adelantando la publicación de un nuevo trabajo, Fattoruso toma el acordeón para interpretar dos piezas que dedica a su amigo, el músico cordobés “Mingui” Ingaramo. Luego del set solista de cada uno, se consagran los instrumentos y la gente pasa a comulgar.
Fattoruso al piano, Aguirre al cajón, el público canta, despacito. Fattoruso aplaude. El talco de sus manos se esparce para dejarlo en medio de una efímera neblina que vuelve a arrancar sonrisas. Antes de los bises, las palmas de las mismas manos donde anotó mil ideas inoportunas, le sirven de machete para nombrar, en agradecimiento, a los integrantes de Luz Verde, la productora que ha tenido el honor de traerlos a Córdoba.
En el final, exultantes, se juntan en el centro, se abrazan para comprobar que la ovación les mantiene el alma en el cuerpo, y se van, caminando en el aire.
http://www.myspace.com/hugofattoruso
http://www.myspace.com/aguirrecarlos
http://www.myspace.com/lucasheredia
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Eduardo de la Cruz:
Emilio Marín:
Mario Zonis:
Juan Pablo Ruiz: 





Qué linda crónica, cuando llegaba al final no supe si fui o me lo contaron, de lo único que estoy seguro es de que quien lea la nota estará ahí un ratito y hasta pueda ver a Fattoruso y escuchar, clarito clarito, el cajón del río.
Gracias por las palabras, Pablo, un abrazo.
Que sensibilidad hermosa pablo. no la pierdas nunca. Yo estuve ahí y me lo hiciste vivir de nuevo. Lograste realimentar de sentido el esfuerzo de armar una propuesta muy dificil para córdoba. Te lo agradezco muchisimo.
Algo deja de ser una coincidencia cuando las sensaciones se encuentran desde de la música, desde el esfuerzo colectivo abriendo espacios y cuando existe gente que cuenta de esta manera. Pensar que es más que una casualidad, que algo se mueve por debajo abrazando las personas en un rumbo parecido, deja de ser una impresión que queda fuera de lo cotidiando. Es algo real. Un abrazo grande Pablo! Muy bueno esto que escribiste.
Pablo, me sumo al agradecimiento por tus palabras, a esta alegría conjunta que sentimos, al deslumbre, al goce de lo que no se explica “se disfruta y ya”, a la satisfacción por esfuerzo de muchos para que otros tantos vivamos una noche como la que supiste describir, y compartir. Gracias otra vez, y felicitaciones.
hermosa nota pablo. Que lindo estuvo el viernes. creo que lucas heredia es lo mejor que vi en córdoba en los últimos años. una verdadera revelación de nuestra música. me fuí feliz
el concierto de fattoruso me encantó. Realmente debo decir que me fuí sorprendida con las canciones de lucas heredia. No lo conocía y me gustó mucho más de lo que pensaba. creo que mas aun que lo que iba a ver. que bueno que sea de córdoba.
Fué increible el concierto de estos dos grandes!también muy bueno lo de Lucas, gracias a la gente que los pudo traer y a Pablo por tan sensibles palabras!