Por Facundo Martínez
(Cba Noticias) Suelo tocar la armónica de noche para despertar a mis vecinos y contagiarles mis tristezas. Al principio se quejan, luego lloramos juntos, en silencio y con las luces apagadas; adultos que temen por fantasmas de probetas psíquicas escondidos dentro del placar. Cuando voy cerrando la idea, y la melancolía se hace impredecible e insoportable, los padres corren a despertar a sus hijos (las madres a sus hijas), para que cuiden de ellos porque solos, así, no pueden seguir.
Tan poca lluvia para tanto tronar.
No tiene sentido, pienso, embolsar una nota rítmica sin experimentar cómo se traspola por el cuerpo reverberante. La nota rueda por la bolsa improvisada haciendo una órbita de sí misma, persiguiendo al tiempo.
El tiempo es como un soplido veloz y musical.
Pronto ese punto de sonido se dispara en un racimo de acordes efervescentes; es un truco de magia seducir a la música, atraparla y luego dejar que se vaya a volar.
Luego vendría mi primera audición como letrista, aunque nunca aprendí a escribir.
Suplo al amor que ya no viene envuelto en sábanas para llevar, sino de la improvisada sala de ensayos. Hubo, siento, un pequeño cartel en tu espalda que decía: “Peligro, 20 mil voltios, aléjese”; debí prestarle atención.
Por la mañana disfruto al caminar por las diagonales descascaradas de baldosas, Ciudad de los Niños, y escucho cómo se quejan porque sus padres no los han dejado dormir. Les obsequio terapia musical con un manojo de armonías simples, alegres, dulces. Les saco el estrés antes de que entren a trabajar.
La última vez que toqué hice salir por debajo de la cama, de las lacenas que se abren sin explicaciones, de los muebles antiguos que crujen, fantasmas de colores vivos mucho más divertidos y canallas que nunca podrían generar temor. Y en el suelo de la cocina reí como quien se acuerda de una travesura, “Cuidado con los Perros” me habían dicho tus ojos, mientras inventaba una excusa para usurpar tu propiedad, escaparme por la escala de dulces melodías mientras se fugaban espíritus piratas, bufones y compinches.
Todos tuvieron sueños felices esa noche, yo estaba inspirado y de muy buen humor, aunque al otro día tuve mi primera audición como letrista, y por primera vez, no supe qué decir.



Eduardo de la Cruz:
Emilio Marín:
Mario Zonis:
Juan Pablo Ruiz: 





Gracias por tu magia facundo!
Amplio el repertorio melancolico, nose como habrá sonado pero que tenía repercusion, la tenía. Mas no por eso significaba que le iba bien. Yo apuesto a la armonía, al sonido y al silencio que envuelven la música de todas las calses.
Me gusto este cuento entretenedor.
Saludossss!!!
Volviste…. y nosotros los que te leemos felices de leerte tan entrañoso como antes…