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Elogio apocalíptico del Lenguaje

01 de diciembre de 2008
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Por Pablo Arietti

Nuestro portal, destinado a informar sobre las problemáticas de Córdoba, se abre camino en medio de innumerables sitios de información donde no es infrecuente el descuido total en el uso del lenguaje.

Advertir que el avance de los medios masivos de comunicación se constituye como la forma acabada del dominio del planeta, fue, alguna vez, una percepción académica sagaz. Hoy, con dos o tres dedos de frente, lo repite cualquier hijo de vecino. Desde los círculos académicos, las modalidades del lugar común se multiplican en análisis que no pueden dejar de apelar a neologismos hilarantes, nacidos de algún entrecejo fruncido, para abarcar zonas de exploración siempre tan novedosas como propensas a diagnósticos ya enunciados, con otras palabras, en teorías anteriores. Para una posteridad olvidadiza, la genealogía del análisis de la comunicación ha dado términos extraordinarios: “Comunicatividad”; “Literaturatización”; “significancia”; “intertextualización” y otros engendros.

Nunca terminaremos de saber si responden a la necesidad ineludible de expandir los límites del lenguaje, como observación de su insuficiencia, o proceden de razonamientos brillantes que se nos adelantan, dejándonos como sujetos limitados en nuestra capacidad de comprensión. En términos probables de los anaqueles más altos, seríamos reducidos a una suerte de marginales de la hermenéutica, a ignaros irredentos. Juntando coraje, podríamos retrucar coleccionando esos neologismos inefables para edificar un gran monumento a la falta de respeto por la belleza del lenguaje, en el peor de los sentidos posibles. Allí veríamos al idioma, tendido a los pies del pedestal, rogando no ser más ultrajado; a la comunicación, pidiendo a gritos no ser más analizada con categorías y conceptos interestelares.

Algunos distritos más allá, en barriadas ingentes, los nuevos aficionados o aquellos profesionales que se han formado en ese crisol de hipótesis sesudas, se expresan, no sin secuelas, en los bordes del poder, instalándose en grupos como el nuestro, sí, como quienes hacemos esta agencia de noticias, con propósitos disímiles, tan disímiles en algunos casos, que han desencadenado esta digresión sobre las formas más espantosas de apelar al lenguaje escrito. Porque aún creemos que el aspecto instrumental del lenguaje puede cobijar el desvelo por la belleza.

La primera afrenta al encanto de las palabras corre por cuenta de los teóricos de la comunicación, que ya hemos identificado, y a quienes saludamos desde lejos, para salir corriendo en la dirección opuesta.

Haciendo la quinta en el rinconcito de gente que se refugia de semejantes definiciones, miríadas de trabajadores de la comunicación, de pretensiones módicas algunos, de alardes de grandeza muchos, repletos de genialidades muy pocos, conviven en Internet, sin demasiadas urgencias de rentabilidad, por otra parte.

El crecimiento de este espacio acompaña a las necesidades que surgen de los ritmos y costumbres actuales de nuestras vidas. No podíamos eludir la instancia de ofrecernos al mundo desde internet. Aunque la palabra “mundo” nos quede desmesuradamente grande, no demoran en aparecer familiares de algún conocido que reciben noticias desde Italia, España, Estados Unidos, etc.

Horrores ortográ

La explosión de las posibilidades de comunicarse, en niveles que nos superan hasta el agobio, parece traer consigo, incluso para quienes han tenido la oportunidad de formarse en conocimientos básicos del uso del lenguaje, una necesidad que termina por justificar, en su urgencia, cualquier despropósito. Un ejemplo vulgar reside en los mensajes de texto. El español, idioma elástico, puede elongarse, como en esta diatriba, o contraerse, en vocablos que expresan, desde la fonética, palabras conocidas, pero perpetradas por una ortografía absurda.

El envión de los tiempos (o si quiere, el hecho de que todos vivamos apurados, y si no quiere, piense la frase que mejor resulte para decir que vivimos corriendo) nos mueve a suscribir, de modo apacible, todo tipo de irregularidades que, claro, son definidas como “irregularidades” para quienes han tenido algunos libros en sus manos alguna vez, y han disfrutado de la lectura. (Sólo desde ese placer surge esta inquietud. Sin alejarse tanto, estos párrafos pueden ser destrozados por un estudiante más o menos avanzado en el conocimiento de la lengua. Bajo una lupa de mediano aumento, su hechura advierte desastres gramaticales). Cuando esa concesión procede de quienes disfrutamos de las palabras, de su armonía, de su música, la tolerancia persiste en una especie de resignación, de somnolencia, debido a la certeza de que no estamos para detenernos en detalles intangibles. De un contexto de feliz embrutecimiento podemos esperar barbaridades que ya se nos aparecen como normalidades, justamente por su cotidianeidad. Pero uno tiende a descreer de la ubicuidad del contexto. Sin proponérselo, espera alguna sorpresa que, al menos, le haga ruido en algún costado del ser. Pretender emociones mayores parecería presuntuoso. Pero al mismo tiempo, la gran mayoría de quienes informan desde la web, en ámbitos de divulgación periodística, ha completado el nivel medio, instancia más que suficiente para generar tranquilidad cuando quien redacta se pregunta si ha escrito bien alguna palabra relativamente infrecuente.

Cuando la urgencia muestra los dientes, la belleza del lenguaje se corre a un lado y deja paso al costado funcional, avasallante, que todos los idiomas poseen. Todos los idiomas nacen de la necesidad de entenderse para sobrevivir antes que de la posibilidad de emocionar. El inglés, idioma oficial del planeta, es un ejemplo fácil de ese traslado de la belleza, que la tiene, a la urgencia (hay una sola urgencia en este mundo: la urgencia por ganar más dinero; todas las demás urgencias son hijas directas o indirectas de esta madre severa). Pero en ocasiones, a instancias de la consideración variable de los redactores de los medios, el lenguaje se salva. Los acentos, por caso, caen justo donde el idioma pide ubicarlos.

Siempre se puede entender que un error de tipeo coloque una n donde tenía que aparecer una m, o una v en lugar de una b, porque el teclado, despiadado con tantos impacientes que escriben con dos dedos, facilita el error. Pero, y aquí nos metemos en ejemplos concretos de páginas colegas, cuando el fin de año sobreviene y germinan mensajes apurados, de paz y prosperidad para todos, el teclado ya no nos justifica. Desear es una cosa y decear, otra muy distinta. Cuando se “desea”, el destinatario de nuestro “deseo” puede sentirse reconfortado por la gratitud que le ofrendamos. En cambio, “decearle” el bien a otro es casi pedir que le vaya mal. Porque es sentir otra cosa, que no se sabe bien qué es. Y otra cosa del bien, puede ser, redondamente, el mal. Para temor a la adversidad de tanta gente que quiere el bien, algunos colegas decidieron “decearles” un próspero año nuevo.

Y ya que estamos, para apuntar a los errores más groseros: los acentos. En la celeridad de las redacciones que escriben en español, los acentos aparecen y desaparecen, como obedeciendo reglas meteorológicas. Los acentos se asemejan a gotas de garúa en días donde uno no sabe si salir a la calle con paraguas o no. Tal vez llueva, acaso llovizne, quizás se escriba con acentos.

Mucho antes de los correctores que nos proveen los programas de redacción, casi en los años en que aprendimos las capitales de provincias, aprendimos también que las agudas terminadas en n, s o vocal, llevan acento ortográfico. Retener reglas del idioma siempre pareció más arduo que aprender que la capital de La Pampa es Santa Rosa.

No sería tanto problema, pero en la masa innumerable de lectores, hay quienes perdonan los errores, resignados, y quienes no dudan de que todo lo que se publica está bien escrito. Más de un lector da por cierto lo que aparece en un medio gráfico de comunicación -para no hablar del poder persuasivo de la televisión. Y cuando valida sus conocimientos desde la lectura del medio, convalida el contenido y la forma al mismo tiempo. Cuando la lectura apurada de unos contenidos parece prescindir de las formas; cuando el acto de mirar la televisión para no pensar, se traslada al acto de leer para enterarse de cualquier cosa sin mayores intervenciones intelectuales, la ortografía se convierte, de modo latente, en un minúsculo punto de resistencia contra el descuido al que nos empuja la velocidad de divulgación de todo lo que sucede. Por otro lado, y ya que estamos, no se sabe muy bien de qué sirve enterarse de tantas noticias que no van a modificar nada de nuestras vidas. A este acto casi reflejo de consumir información (para ser moderados, para no escribir: a este acto verdaderamente irracional, absurdo, estúpido, de consumir información) ya estamos condenados. Si a la copiosa sucesión de noticias irrelevantes que producen los grandes medios gráficos le sumamos una forma de redactarlas que no se desprende de la inercia que nos empuja vaya a saber dónde, la combinación es perfecta. Nos cuentan, mal, algo que no es necesario para la vida de nadie. Pero supongamos que sí es necesario, que vale la pena detenerse un domingo a leer la página de cualquier pasquín. Ya soltamos una primera concesión. Supongamos que nos hace bien enterarnos de cuantos eventos ocurran. Ahora bien, leemos la noticia y las palabras se escriben como suenan; se escriben, digamos, aproximadamente bien. Es el colmo del vacío. Es irrelevante la casi totalidad de contenido, pero está bien, debe esconder algún interés la verificación de ser mencionado o aparecer en alguna foto, para el mencionado o el retratado. Pero también es irrelevante la forma, porque parece que nadie necesita que la nota se escriba bien. Porque (el supuesto nos empuja al pozo para ya no salir jamás) nadie necesita que las palabras se escriban como el idioma lo pide, porque a nadie le interesa ya lo que pide el idioma, porque el idioma es un conjunto de reglas y ya nadie confía en las reglas y nos vamos por un tobogán donde todo da igual y da lo mismo hacerlo bien que hacerlo mal y todo se empareja con todo y a nadie le importa nada y asumimos que a nadie le importa nada y de asumir la frase absoluta de que a nadie le importa nada pasamos a asumir que todo puede venirse abajo en cualquier momento y no pasará nada salvo que quienes leen no cambiarán el curso de la historia con su actitud que es igual a la de los que sí pueden cambiarla y no la cambiarán porque a nadie le importa nada y la frase no inquieta a nadie y así el mundo se cae a pedazos y se derriten los polos y que se derritan los polos equivale en relevancia al aumento de los cigarrillos y del triple crimen pasamos al pronóstico del tiempo y del tiempo a Norita Dalmasso como si Norita necesitara más esclarecimiento que los miles de niños que se mueren por causas evitables en todos lados pero las causas evitables “no son un crimen” y entonces no aparecen en los medios pero sí el asesinato de una mujer voluble como las aves en un country y entonces hay que especular con las variantes más verosímiles que pudieron asesinar a Norita ayer, al comisario mañana, mientras la soja sube y baja y baja la leche y se rematan tambos y despiden empleados y todo es más o menos grave pero todo absolutamente todo nos entra por la retina incuestionablemente idioma avasallado de por medio así todo sin comas.

Nunca faltan los que justifican su desatención como bandera admonitoria de tantos pitucos que apuntan al cielo con el menique cuando levantan el pocillo de té, en salones donde se respira el canon, sin considerar que la fundamentación de la postura libertaria sólo esconde voluntades precarias que se cansan rápido de estudiar. En este callejón se revuelcan enemigos innecesarios: la única posibilidad de escritura es la escritura urgente. Las necesidades no esperan. No se puede cambiar la realidad si nos detenemos en caprichos ortográficos, sintácticos, gramaticales. Dejemos el purismo a los cuellos almidonados, a la canalla reaccionaria del cambio. Más importante que escribir bien es escribir sobre lo que está mal. Pero quizás, lo que esté mal empeore si la urgencia se diluye en errores garrafales de forma.

Por favor, para embrutecernos, nos basta con los chismes miserables de los vecinos que no viven sus vidas para comentar las de los demás. Para hundirnos definitivamente en la indignidad, tenemos los programas televisivos de chimentos, de bailes y de periodistas porno.

Por insignificantes que se nos aparezcan, los acentos nos cuentan algunos porotos a favor de nuestra sensibilidad contra la borrasca omnipresente de la estupidez.

Esta letanía está dedicada a quienes, a riesgo de ser tildados de aristócratas, siguen usando el signo inicial de interrogación, no sólo el final, cuando escriben una pregunta.

(c) Permitida la reproducción citando la fuente: (texto y link) http://www.cbanoticias.net/

Una respuesta to “Elogio apocalíptico del Lenguaje”

  1. pedro dice:

    que cierto lo dicho… que importante es proteger nuestro lenguaje tan bastardeado…

    un abrazo

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